En la costa de Oaxaca, pueblos originarios y afromexicanos luchan por la autonomía del agua

Una red de diversas comunidades ribereñas en México ha logrado detener la construcción de una mega represa. Ahora, se están organizando para revitalizar su cultura y para fortalecer su autogestión de los recursos naturales.

En la madrugada del 14 de marzo, fecha en que se celebra el Día de Acción contra las Represas y en Defensa de los Ríos, integrantes de pueblos afromexicanos, indígenas y mestizos se reunieron en las orillas del Río Verde para realizar un ritual de resistencia y gratitud.

La ocasión fue el Festival de Río Verde, organizado cada marzo por el Consejo de Pueblos Unidos en Defensa del Río Verde (COPUDEVER). Este movimiento en defensa del agua se formó en 2007 cuando decenas de comunidades de la Costa Chica de Oaxaca unieron esfuerzos para impedir que la Comisión Federal de Electricidad construyera una represa hidroeléctrica en su río, la cual inundaría sus hogares y contaminaría su única fuente de agua, según COPUDEVER.

Conocido como Stäitya Taná en Chatino y Yutya Cuy en Mixteco, El Río Verde es la principal fuente de vida para 24 pueblos campesinos y pesqueros en la Sierra Sur y la Costa Chica de Oaxaca. Como lo dice Eva Castellanos, integrante de COPUDEVER y de la comunidad de Paso de la Reyna: “El Río Verde es parte de nosotros; más bien, nosotros somos parte de esa naturaleza, de todo eso que nos envuelve….Si el río no existiera, definitivamente el Paso de la Reyna no existiría.”

Después de 12 años de marchas, bloqueos y asambleas, no se ha colocado ni una sola roca para la fundación del megaproyecto. Hoy COPUDEVER enfrenta un nuevo desafío: transformar su exitosa oposición a la represa en un movimiento multigeneracional en defensa del agua.

Comunidades como Paso de la Reyna han iniciado este proceso reescribiendo sus leyes locales para prohibir los proyectos extractivos y fortalecer la gestión autónoma de la tierra y el agua. Para las y los paseños, como se les llama a los habitantes,  este ejercicio de política comunitaria va de la mano con la reformulación de su identidad como indígenas cuidadores del agua mediante la restauración de tradiciones ancestrales y la creación de otras nuevas. Una de las claves de esta metamorfosis es el Festival de Río Verde, que reúne a diversas culturas ribereñas para dar gracias por sus bienes comunes naturales.

El Río Verde: Propiedad Colectiva

El olor de la conga—un cangrejo de agua dulce que habita las partes profundas del Río Verde—es suficiente para despertar de su letargo a las y los asistentes al festival, quienes han viajado de cerca y de lejos en este día caluroso. Se sientan en la cocina comunitaria de Paso de la Reyna, donde mujeres con vestidos floridos atienden al fuego y escuchan cumbia tropical. Mientras por el altavoz alguien solicita donaciones de tortillas, un comité de hombres reemplaza rápidamente cada plato vacío con una pila de conga fresca y jugosa.

El alto nivel de organización colectiva en Paso es un legado no sólo de su resistencia sostenida sino también de sus raíces indígenas y agrarias. Paso fue fundado como un ejido para los campesinos chatinos durante el siglo XX, como parte de las reformas agrarias que siguieron a la Revolución Mexicana. Mientras que en las últimas décadas el gobierno mexicano ha privatizado gran parte de estas tierras mediante proyectos impulsados por instituciones internacionales como el Banco Mundial, el área que rodea al Proyecto Hidroeléctrico Paso de la Reyna se ha resistido a esta tendencia. El proyecto sigue siendo un 95% de propiedad social.

Este territorio también abastece de agua a una parte importante de la población oaxaqueña. La cuenca del Río Verde-Atoyac, donde se ubicaría el proyecto hidroeléctrico, cubre el 20% de la superficie del estado, donde vive más de un tercio de sus habitantes. La cuenca mantiene casi el 15% del área de manglar existente en Oaxaca. El Río Verde es considerado uno de los 51 ríos más importantes de México, por donde fluye el 87% de las aguas superficiales del país, según un informe del Instituto de Ecología, Pesquerías y Oceanografía del Golfo de México de la Universidad Autónoma de Campeche. En el caso del Río Verde, su escurrimiento superficial juega un papel esencial en la recarga de la vertiente del Pacífico.

Sin embargo, las y los ancianos de Paso dicen que el Río Verde de hoy en día es apenas una sombra de lo que era.Sin embargo, las y los ancianos de Paso dicen que el Río Verde de hoy en día es apenas una sombra de lo que era. Manuel Sánchez, un paseño de 75 años cuyos abuelos chatinos fueron entre los primeros pobladores de la comunidad, recuerda una cuenca llena de diversa flora y fauna, cada una de las cuales jugó un papel vital dentro del ecosistema.

Sánchez cuenta que en aquellos días, las y los paseños siempre estaban preparados cuando el río se inundaba. Esto se debe a que el sapo “camaleón” emitía una advertencia oportuna: “Los animalitos empezaban a gritar y a gritar y a gritar, dando seña de que el rio se iba a salir”, recuerda Sánchez. “Ya no dormía uno, ayudando al compañero para que no perdiera nada. Y no se perdía nada”. Pero en las últimas décadas, la deforestación y la sequía han causado la extinción del sapo: “Tiene años que ya no se han visto estos animales”, dice Sánchez, quien añade que los crustáceos y los peces también han ido desapareciendo debido a los cambios en el río.

Cuenta que cuando era niño, su padre iba a pescar de noche con una docena de vecinos, quienes regresaban con suficientes camarones y diversas especies de peces para alimentar a cada una de sus familias durante toda la semana. Pero todo esto terminó en 1992, cuando la Comisión Nacional del Agua (CONAGUA) construyó la represa Ricardo Flores Mágon río abajo, que según habitantes de la zona ha impedido la migración natural de muchas especies. “Ahora solo nos queda camarón y mojarra”, dice Sánchez.

La memoria de esta pérdida ayudó a inspirar a un amplio movimiento de resistencia a partir de 2006, cuando las comunidades afectadas descubrieron los planes para la nueva represa en un periódico local. Jaime Jiménez Ruiz, integrante de COPUDEVER y agente de policía municipal de Paso de la Reyna, dice que no sólo no fueron apropiadamente informados sobre el proyecto, sino que tampoco fueron consultados como lo requiere el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo, del cual México es signatario.

El Consejo de Pueblos Unidos por la Defensa del Río Verde

Las luchas contra las presas son también movimientos sociales que resisten a la desaparición. En México, de 1936 a 2006, la construcción de más de 4.000 presas provocó el desplazamiento de aproximadamente 185.000 personas de sus comunidades. Organizaciones de derechos humanos calculan que tan sólo en los últimos 10 años, la construcción de represas en el país ha estado asociada con la detención de más de 250 personas y el asesinato de al menos ocho defensoras y defensores del agua.

El movimiento social contra las represas es también una lucha contra la desaparición de todo un ecosistema, compuesto por innumerables formas de vida que dependen del flujo de nutrientes y sedimentos de un río. Según un informe de la organización International Rivers (Ríos Internacionales), las grandes presas puedan provocar daño a su medio ambiente al bloquear la migración de los peces, cambiar la temperatura y la composición química del río, causar la acumulación de contaminantes y atrapar los sedimentos que son necesarios para conservar los hábitats que se encuentran río abajo. “Incluso cambios sutiles en la cantidad y el momento de los flujos de agua afectan a la vida acuática y ribereña”, afirma el informe. Esto puede “desentrañar la red ecológica de un sistema fluvial”.

En la costa de Oaxaca, la asociación civil Servicios para una Educación Alternativa (EDUCA, donde trabajo actualmente) ha calculado que el Proyecto Hidroeléctrico Paso de la Reyna afectaría directamente a 17.000 personas y alrededor de 3.320 hectáreas de tierra, con un costo de $1.1 billones de dólares. El proyecto consistiría en dos diques: uno aguas arriba de Paso, de 147 metros de altura; y un segundo dique de 20 metros, situado aguas abajo del pueblo. “Prácticamente nosotros vamos a quedar como el jamón dentro del sándwich”, dice Jiménez Ruiz, el integrante de COPUDEVER.

Durante ocho años, los hombres y mujeres de Paso mantuvieron un campamento de seguridad a la entrada de la comunidad las 24 horas, impidiendo el acceso de los trabajadores, maquinaria y fuerzas de seguridad asociadas con el proyecto hidroeléctrico.En 2009, cuando trabajadores de la Comisión Federal de Electricidad entraron al sitio propuesto para la represa escoltados por la policía estatal, las y los Paseños decidieron actuar. “Con la poca experiencia que teníamos, dijimos, pues vamos a tapar el paso, vamos a poner un bloqueo”, recuerda Jiménez Ruiz. Durante ocho años, los hombres y mujeres de Paso mantuvieron un campamento de seguridad a la entrada de la comunidad las 24 horas, impidiendo el acceso de los trabajadores, maquinaria y fuerzas de seguridad asociadas con el proyecto hidroeléctrico. Aunque se decidió reducir el bloqueo en 2017, se mantienen rondines de seguridad comunitaria en todas las entradas y salidas del pueblo.

Para COPUDEVER, el bloqueo fue sólo una parte de una estrategia múltiple para detener el megaproyecto. Las y los defensores han trabajado con grupos eclesiásticos y de la sociedad civil en la región para movilizar a las comunidades vecinas y organizar marchas masivas. Más allá de Oaxaca, la participación de COPUDEVER en el Movimiento Mexicano de Afectados por las Presas y en Defensa de los Ríos (MAPDER) y en la Red Latinoamericana contra las Represas (REDLAR), ha permitido la coordinación de estrategias y acciones con movimientos sociales de todo el continente.

En los últimos años, el enfoque de COPUDEVER se ha centrado en fortalecer el control comunitario de los recursos naturales. Paso de la Reyna es una de las varias comunidades que han liderado el camino, comenzando con la prohibición de los megaproyectos extractivos como las represas hidroeléctricas, la minería y los gasoductos. En su nuevo reglamento interno finalizado en 2018, la comunidad tomó medidas adicionales, regulando el uso de los bienes del Río Verde para prevenir su sobreexplotación.

El objetivo era “ir buscando propuestas de que el ejido o los recursos naturales del ejido se administrarán de manera equitativa”, explica Jiménez Ruiz, el agente de policía que también desempeñó un papel clave en la redacción del nuevo reglamento. Por lo tanto, el pueblo prohibió la venta de los recursos ribereños fuera de Paso y puso límites a su propio consumo de conga, pescado, iguana, venado y jabalí, dependiendo de las épocas reproductivas de estos animales y de la salud de sus poblaciones.

Para lograr esto, era importante que todas y todo participaran, inclusive la gente a favor de la represa que habían dejado de involucrarse en el sistema de cargos y en el trabajo colectivo—conocidos como tequio—durante casi una década. “En el pueblo hubo un deterioro…el pueblo se despedazó”, cuenta Jiménez Ruiz. “Era necesario que esta gente que se retiró volviera a regresar.” Al final, esto fue precisamente lo que ocurrió: “Ahorita el Paso tiene otra visión diferente a la que tenía todavía el año pasado.”

Fiesta y autonomía

La lucha de los últimos años no sólo ha fortalecido el control de la comunidad sobre los bienes naturales, sino que también ha ayudado a revitalizar su cultura como defensores indígenas del agua. Una parte clave de esto ha sido el Festival del Río Verde. “Después de tanto cansancio y de andar para arriba y para abajo peleándonos con los gobiernos, también a veces reconocer esto y también convivir es necesario,» reflexiona Jiménez Ruiz.

La fiesta comunitaria es un eje fundamental de la identidad cultural. No sólo reúne a las y los pobladores para celebrar lo sagrado, sino que también requiere de su colaboración en numerosas tareas, desde la preparación de los alimentos hasta la decoración del altar. A su vez, la celebración revitaliza el compromiso colectivo a través del ritual y gozo. “Es un eje articulador del tequio”, explica Astrid Paola Chavelas, posgrado en Desarrollo Rural e integrante de la Red de Defensoras y Defensores Comunitarios de los Pueblos de Oaxaca (REDECOM).

Los hombres y mujeres de Paso no dudan en desvelarse festejando su río, manejando horas a un pueblo remoto para hablar sobre su movimiento en defensa del agua y viajando de regreso toda la noche, parados en la cajuela de un pickup al aire libre. El festejo es parte de la resiliencia paseña.

La espiritualidad es a su vez una faceta clave del festejo. Mucho antes de que comenzara el baile, las y los integrantes de COPUDEVER inauguraron la celebración en las orillas del Río Verde en la madrugada, con rituales arraigados en las culturas Chatino, Maya, Mixe y Mixteca. Los participantes siguieron estas prácticas tradicionales con otras nuevas como la ceremonia floral, en la que las y los paseños esparcen flores en el río para honrar su abundancia natural y expresar su aspiración de restaurarlo.

La conexión espiritual que tienen las comunidades con el agua también se manifiesta en prácticas cotidianas como la pesca, la agricultura y la cocina, que se han transmitido de generación en generación. Estas se exhibieron durante toda la húmeda tarde. Para cebar al pez blanquilla, se coloca un puñado de masa de maíz dentro de una vasija de barro boca abajo. Para preparar el caldo de piedra, se calienta una piedra del río en el fuego hasta que esté al rojo vivo, y luego se deja caer en una olla de camarones hasta que hierva. Y para transformar el maíz nativo en un festín, las posibilidades son abundantes: tostadas de coco, empanadas, atole de ajonjolí, y tamales de frijol y calabaza.

Muchas de estas prácticas culturales están ligadas a la identidad indígena, la cual Paso de la Reyna ha retomado en recientes años. De hecho, el año pasado fue la primera vez que las leyes de Paso identificaron a la comunidad como indígena Chatina: “Nos auto-determinamos como un pueblo indígena porque nuestros descendientes fueron indígenas”, dijo Jiménez Ruiz, y “por lo que conservamos todavía muchas costumbres ancestrales en el pueblo”.

En el pasado, las y los paseños no se identificaban como indígenas debido a la pérdida de su lengua materna como resultado de la migración y de un sistema educativo discriminatorio. Pero una evaluación crítica de lo que significa ser indígena, junto con un análisis de su orientación cultural y política, ha llevado a las y los residentes de Paso a abrazar esta identidad.

Los miembros de la comunidad están trabajando para preservar y expandir sus tradiciones que mejor han sido preservadas, tales como el cultivo de una amplia variedad de maíz nativo para el autoconsumo. El nuevo reglamento de Paso toma medidas orientadas a la soberanía alimentaria, prohibiendo el maíz transgénico y promoviendo las variedades criollos como son el maíz olotillo, tehuacanero, conejo y negro.

Al final, el objetivo primordial es que las generaciones futuras disfruten plenamente de la abundancia del Río Verde. “Nosotros estamos pensando en nuestros hijos, en nuestras tierras que nos han venido dando de comer durante cuantos años”, dijo Pedro González Robles, presidente del Consejo de Seguridad Autónomo de Paso de la Reyna, al finalizar el festival: “Si nosotros flaqueamos, lo primerito que va a hacer el gobierno es entrar a saquear y a destruir… Pero si nos unimos, hacemos grande la fuerza, y la fuerza más grande es la unión para poder lograr lo que uno se propone”.

Escuche la canción, «Cuidemos el medio ambiente», escrita por un miembro del movimiento de resistencia de las comunidades afromexicanas y tocada este año en el Festival Río Verde:

Este artículo también está disponible en: Inglés

URL corto:   https://elenemigocomun.net/es/?p=18471

Deja un Comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *